Tour por el infierno

Tour por el infierno
Auschwitz desde afuera rodeado de la verja electrificada durante la guerra

  De la estación Glowny, retratada en la película de Spielberg, tan solo queda el recuerdo. Los trenes llegan y parten del subsuelo de un enorme shopping mall. El nuestro arribó cerca de la medianoche, en el medio de una insistente y tupida lluvia de primavera, lo que hizo inevitable tener que recurrir a los servicios de un taxi para transitar las pocas cuadras que nos separaban del alojamiento. Ni euros ni dólares, la moneda oficial de Polonia es el famoso sloty (¡Maldita no integración plena del este europeo!). 

  A la mañana siguiente el despertador del celular sonó a las cinco. Seguía lloviendo pero la agencia turística contratada desde Argentina para hacer la excursión (esta vez tarifa fija pagada con anticipación) quedaba a unas pocas cuadras. A los diez minutos ya estábamos esperando junto a otros visitantes en la puerta del colectivo. No teníamos paraguas, ni piloto, ni poncho de lluvia. Tampoco habíamos desayunado. El viaje duró aproximadamente una hora y media. No pude apreciar el paisaje porque me dormí apenas arranco el micro. Solo pude observar el último tramo que atravesaba la ciudad de Oswiecim, donde se divisaban casas a una prudente distancia entre sí, todas rodeadas por el florecido verde de los pastizales y los árboles, en la avanzada primavera del hemisferio norte. 

  Una vez en el estacionamiento, miles de turistas de todo el mundo (sobre todo adolescentes en edad escolar) formaban una fila interminable para pasar por la única entrada, con un celoso control de escaneo de las personas y sus bolsos, con estrictas medidas ya informadas de antemano. Un edificio más o menos nuevo donde nos proveyeron de los audífonos para poder escuchar mejor a la guía polaca que nos acompañaba desde Cracovia y que hablaba un aceptable español con un connotado acento polaco. Hasta allí podría estar retratando la visita a cualquier parque temático o de diversiones en algún lugar del mundo. Ómnibus, guía, auricular, turistas, cámaras de foto, gente apurada que se quiere adelantar o personas que van al baño y no vuelven, etcétera.

Calle principal del campo de concentración con la torre de control de fondo.

  Salimos del edificio en el que nos estábamos agrupando. El aire se volvió más denso, la lluvia volvía a hacerse presente. Caminamos unos metros por un enorme patio y de repente teníamos frente a nuestros ojos el famoso portón de ingreso que vimos en fotos y documentales. Estábamos a escasos pasos del campo de exterminio más grande y más conocido durante la segunda guerra mundial. La frase “El Trabajo os hará libres” (con el que escritor nacionalista alemán Lorenz Diefenbach tituló una de sus novelas) forjada encima de las rejas deja en evidencia la carga de cinismo y maldad del régimen nazi en el marco de su plan de exterminio, de su solución final. El italiano Primo Levi, sobreviviente y escritor, describió el momento en el que pasó debajo de esa misma puerta, soslayando lo indescifrable de ese mundo al que era sometido, ya que no se ajustaba a ningún modelo, el enemigo estaba alrededor, pero dentro también, los contendientes no eran dos, no se distinguía una frontera sino muchas y confusas, innumerables, una entre cada uno y el otro. Otra imagen que resulta familiar es la verja electrificada compuesta por aproximadamente veinte alambres de púa de forma horizontal que rodea todo el campo, con postes de cemento, con una pronunciada curva arriba y que fuera objeto de polémica en la película Kapò, del director Gillo Pontecorvo, en donde la protagonista se arroja sobre la misma para cortar la corriente y posibilitar una fuga masiva. Las calles, apenas con un mejorado de cemento, no impiden que un día de lluvia se transforme en un barrial. 

  Los recuerdos cinéfilos y literarios fueron interrumpidos de forma intempestiva por el sonido de los auriculares. La persona que nos acompañaría todo el recorrido comenzaba a soltar explicaciones acerca de cada rincón por el que íbamos caminando a través de la arteria principal del campo. El camino fijado para todos los visitantes está predeterminado y solo se puede hacer con un guía autorizado. Antes que las fuerzas del Führer lo ocupen, Auschwitz fue un regimiento de artillería del ejército polaco organizado en barracones construidos simétricamente entre sí. Cada cual tenía una función especial y sobre el final de la segunda guerra llegaron a ser alrededor de treinta, sumando los que fueron agregados por la ocupación. En la actualidad, solo se puede acceder a los que están habilitados, que son solo un puñado. Más que un campo de concentración, Auschwitz fue un campo de exterminio, ya que muchas personas solo pasaban algunos días allí e iban directo a las cámaras de gas. Esto se fue intensificando a medida que la expansión alemana en territorio europeo iba avanzando y ese preciso lugar se iba convirtiendo en el último punto del recorrido al que eran sometidos miles de judíos, gitanos, discapacitados y homosexuales. 

  Al interior de uno de los barracones la circulación se hace más lenta, se congestiona el paso en la escalera. Al llegar a la planta alta tenemos frente a nuestros ojos unas dos toneladas de pelo cortado a las mujeres que llegaban al campo y que al momento del desembarco de las tropas rusas había sido ya enfardado para ser vendido. Incomoda tanto como las montañas de anteojos, las valijas con los nombres escritos con tiza y los pares de zapatos que eran a obligados a descartar los prisioneros. Todas estas imágenes vivas nos sumergen estrepitosamente en el horror y es inevitable pensar lo que sucedía en ese mismo cuarto hace ya más de setenta años. Las personas allí dejaban de serlo. Tal como diría Hannah Arendt, se les negaba la capacidad de desarrollarse, se les quitaba espontaneidad, acercándolos a los animales. Se los asesinaba moralmente. Estaban vivos pero pertenecían al mundo de los muertos. La última parte del recorrido, nos sumerge en otro escenario espeluznante. Los hornos y cámara de gas del campo se mantienen tal cual como estaba cuando llego al lugar el ejército rojo. No le hizo falta a la guía sugerir no hablar al estar dentro. Las marcas de los rasguños en las paredes y los agujeros en el techo hablan por sí mismos.

  El tour aún no terminaba.  

Texto: José María Aused

Fotos: Dolores Martínez 

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