En mi velorio quiero que haya barra libre

En mi velorio quiero que haya barra libre

Estaba sentado en mi oficina de la sala de redacción, debatiendo si el titular debía ir con signo de pregunta o como afirmación, cuando sonó mi habitual ringtone del celular. «¿Quién puede ser a esta hora?«, pensé. Tuve el optimismo de creer que al no tenerlo registrado al número, podría ser una oferta de un mejor trabajo, una novedad de mi convocatoria a un concurso literario o una felicitación de parte de un lector. Se me pasaron muchas creencias de mejor suerte en esos segundos que tarde en responder, haciéndome desear para aquel que me llamaba.

 -“Soy Rubén Darinez, sé que eras muy querido por mi mamá, por eso quería decirte que hoy falleció Carina Marín”

 Fue un baldazo de agua fría en primavera aquella noticia. Sabía que eventualmente moriría por cómo se encontraba, pero no imagine que ese día realmente llegará. Mi cabeza dejó de escuchar más nada de lo que dijo este muchacho. No quise creerle, por más que una parte de mi mente me dijese que era previsible, solo que no estaba preparado para la noticia.

 Mis años en el oficio del periodismo me habían enseñado que todo lo que te diga un informante será falso hasta que se demuestre lo contrario. Una parte de mí quería creer eso, y que se tratase de una nueva modalidad de secuestros virtual, donde te dan una noticia impactante, y después proceden a robarte.

 Esa esperanza se fue a los pocos minutos cuando los portales más importantes del mundo del arte se empezaron a hacer eco de lo que me había contado este muchacho. Así, en medio de un shock por saber la triste verdad, tuve que devolverle el llamado, para ahora sí darle mi pésame, lamentar que esto suceda, y escuchar atentamente cuando será la ceremonia, pese a que ya soponia la respuesta que iba a recibir.

 Hacía tiempo que no tenía novedades de Carina. Aquella dama que había conocido hacía más de una década, cuando era un novato en el oficio del periodismo. Era una mujer asombrosa, que se había destacado en el arte de la pintura, mantenido una humildad poco habitual en las personas tan talentosas. La constancia en los encuentros hizo que el vínculo se vaya extendiendo, hasta poder desarrollar una gran amistad.

 En uno de nuestros últimos diálogos personales, me había mencionado que los años de insomnio le estaban pasando factura, y se sentía agitada fácilmente. Irónicamente yo sólo le respondía recomendándole más series para que pase esas noches que no podía dormir. Quién imaginaría que mi despedida de ella sería con la frase “Salteate el capítulo de la mosca, no pasa absolutamente nada”.

 Ahí mismo tuve que juntar mis cosas e irme del coworking que tenía el diario, donde todos los días me sentaba a escribir todas las notas que había preparado. Para ese entonces, mi cabeza ya no estaba en condiciones de pensar en trabajo en el resto del día, y parar de trabajar me parecía la mejor forma de rendirle homenaje. En el camino a mi casa, no pude dejar de visualizar bares en los que habíamos tenido nuestros brunchs, algo que siempre era nuestra excusa para encontrarnos y saltearnos dos comidas en un instante.

 No es tan común que un periodista establezca vínculos con gente del arte. Estos suelen ser fríos con la prensa, y más cuando se les pregunta sobre su vida personal, o se los empieza a acosar cual paparazis. No estoy muy seguro de quién fue el que empezó esta relación, si fue ella cuando invirtió los roles y me preguntó por mis proyectos, o fui yo cuando deje de preguntarle por su rol en la pintura, y me interese por las cosas que le gustan fuera de su profesión. Quizás haya sido cuando hice un chiste con referencia a la relación de os nombres de las tortugas ninjas con los pintores. Pudo haber sido también aquella ocasión que me encontró corriendo y en un clima informal para lo que venía siendo nuestros tratos. La verdad es que empezamos a romper con las estructuras y empezamos a entablar una cordialidad importante.

 -“¿Qué sería una buena vida para vos?” Me preguntaba Carina en uno de los bares, con un pedazo de kiwi en el tenedor que me apuntaba.

-“Una que valga la pena recordar” Fue mi respuesta. Un tanto cliché para mí, que había visitado tantas oficinas de recursos humanos, y me había acostumbrado a esos interrogatorios que hacen pasar por entrevistas laborales.

-“Dale, decime algo más profundo”

-“Bueno, me gustaría partir sabiendo que deje más de 10 páginas de búsqueda de Google con mi nombre”. Dije, tome un poco del jugo para pasar la fruta, y volví a rematar. “Ahí te das cuenta que hiciste bastante, que dejaste material para que se siga hablando de vos en el futuro. Capaz por lo que hiciste o por lo que creaste, pero dejaste material para que las nuevas generaciones tenga un rastro tuyo”.

 Carina no era una mujer fácil de entender. Muchas veces me ha hecho dudar porque nos relacionábamos tan bien, si éramos tan diferentes, empezando por la edad. La verdad es que los dos éramos egoístas, porque buscábamos una persona que nos complemente, que nos haga reflexionar y que nos saqué de momentos donde estuviéramos seguros de algo. Encontramos exactamente eso en nuestras reuniones, y nos sentíamos mal si pasábamos varios días sin hablarnos, o sin recomendarnos videos, libros o películas para la próxima charla.

 -“¿Y cuándo te gustaría morir?” Me repreguntaba Carina, como buscando que en algún momento yo me quedara sin respuestas para este debate que estaba formulando.

-“Si fuera por mí, nunca” Fui a lo sencillo, no quería comprometerme en decir un número aleatorio, y que ella se sintiera ofendida por decir algo que estuviera cerca de su verdadera edad, a la que, por cierto, no recordaba en muchas ocasiones. “¿Y, vos?”, tuve que decirle, a ver si podía responderlo de una manera elocuente.

-“Tendría que medir la vida en algo que valga la pena. Es difícil pensar en años, ya que los siento vacíos. Me gustaría decirte en momentos, pero me parece un lugar común. Podría ser en Mundiales de fútbol, como una agrupación de 4 años. También mencionaría los hijos y nietos, como señal de herencias, y de generaciones venideras. Pero sí me preguntas, mido la vida en risas”.

-“Muy optimista tu mirada”, le agregue. “¿Pero entonces cómo lo medís? ¿Cuándo sería el momento que decís llegué al objetivo de risas en mi vida? Me imagino que acto seguido a la carcajada record, caes planchada y con la mueca”.

-“Ahí te equivocas. Vos creés que se tiene que cuantificar el tema. Hay gente que piensa que por vivir 100 años sos una afortunada, o que determinadas acciones la tenés que hacer en una edad, y si lo hacés unos años tarde, sos una rara. Así, muchos tratan a la vida como si tuviese que representarse en números. Yo digo que quiero reírme lo más que pueda, y cuando me deje de reír, o no encuentre razones para seguir sonriendo, ahí me dé cuenta que mi razón en la vida terminó”.

Llega el fin de semana y preparo mi mejor traje para el velorio. Para cualquier persona que no conoció a Carina Marín, supondría que esperar 5 días para el funeral es una locura. Por suerte, sabía muy bien que si alguna vez me tocaba vivir este momento, lo iba a disfrutar al máximo, por más paradójico que suene.

 ¿Por qué en otros países siempre están de traje en los velorios? Era una de las preguntas que me hacía mientras me esforzaba por elegir una corbata y pañuelo que conviene con mi outfit. Claramente, el hecho de haber cambiado la forma de los velorios convencionales me hacía repensar todo lo que me enseñaron las películas, que consideraba como norma. Pensaba en esos momentos tristes que te muestran cuando están despidiendo al difunto, donde casualmente llueve cuando todos están en el descampado. Pensaba también en que hay personas que no pueden tener un entierro como los idealizados, ya que a la familia le cuesta una fortuna entre ceremonia y mantener los ataúdes por años.

 Trate de dejar esos pensamientos, y abrir la mente, como me enseñó por tanto tiempo mi amiga. Busque lo positivo, empezando con la certeza de sus decisiones. Carina no tuvo titubeos, y desde hacía tiempo ya había decidido que quería ser cremada, y que sus cenizas serían utilizadas para obras, por lo que había explicado a sus alumnos cómo era el proceso para pintar con este inusual elemento. En suma, ella ya había aclarado que no quería que haya cajón ni nada, ni que nos acerquemos a hablar con el cuerpo antes de la cremación. Pero sin dudas, lo más inédito sería el tipo de conmemoración a la que me estaba dirigiendo.

 La realidad es que nada en la vida de Carina fue parecido a lo que uno percibe como normal. Mi cabeza un poco se había creído que quizás la ceremonia podría serlo, fruto de haber ido a otros velorios y sentir que la familia busca hacer un homenaje. Es decir,  un momento donde los familiares se quedarían recibiendo a los cercanos a Carina, y sería un ir y venir de gente que diría cosas lindas de ella, así durante un día completo. Me había quedado ese chip de tradicionalidad, que se hace más por costumbre y respeto, que propia voluntad del difunto. El tema en cuestión es que mi amiga no era de las que le gustaba que estén tristes, y no lo iba a permitir de ninguna manera, aunque no pudiera estar para comprobarlo.

-“Bueno, entonces decime, ya que parece que tu vida es de risas y alegría, ¿Cómo quisieras que te recuerden? Sos madre, esposa, hermana, amiga; y podemos seguir la lista por un día entero.”, había sido mi comentario más periodístico de aquel brunch donde discutimos todas esas cuestiones filosóficas sobre qué es vivir y cómo se vive bien.

-“Ahí tenés una doble visión” fue el preámbulo de la artista, tomando ese rol de entrevistada que era habitual en nuestras comidas de las 11 am. “Por un lado, podemos pensar que te van a recordar por lo que hiciste, como vos dijiste con la búsqueda de Google.  Es verdad, podés pensar que dejaste un legado o trascendiste tu tiempo. Pero también tenés que pensar en todo lo que podés hacer estando muerto, como puede ser que la gente disfruté de tu ausencia, y no lo tome como una carga”.

 -“¿Te referís a aquellas familias que empiezan a hacer cosas “porque así lo hubiera querido el padre”? ¿O te referís a aquellos que dejan asuntos pendientes para que la familia solucione, como deudas o pendientes?” Ya había retomado perfectamente el rol de periodista, haciendo esas repreguntas típicas de toda buena interrogación. Así, le pedí que se explaye, porque me dejó más dudas con su afirmación.

-“Ni una cosa ni otra. Yo digo que siempre tenés que vivir al máximo tu vida, hasta que toque tu hora. Todos debemos partir en algún momento. Eso es justamente lo lindo de la vida, saber que terminará, y que debes disfrutarla porque no estará ahí para siempre.”

 En ese desayuno-almuerzo, yo presentía que iba a seguir hablando, así que solo me limite a terminarme el café, ansioso por escucharla.

-“Lo que yo digo, es que cuando llegue el momento de partir, ahí es cuando deben seguir disfrutando tus seres queridos, en lugar de llorar tu muerte. Si te lo digo de otra manera, tu vida tiene que ser un disfrute, incluso cuando te hayas ido”.

 “Sí, vengo por el funeral de Marín”, le respondí al recepcionista. Aproveche la cercanía de mi casa con el sitio, para ir caminando, ya que presentía que iba a haber de todo en este evento. Mientras me ponía la pulserita del acceso a la funeraria, repasaba como si fuera a decir un discurso de la difunta, aunque sabía que no iba a tener tal oportunidad. Era claro que no había momentos para decir cosas lindas de ella, simplemente era un lugar donde tomaríamos y comeríamos en su honor, ignorando la tristeza que podría haber de trasfondo.

Es lo que ella hubiera querido” decía un chico de 20 años que divise mientras hacía un fondo blanco. Esquive a un par de personas hasta llegar a la barra central del servicio funerario. No era momento de ponerme incomodo por no conocer a nadie, aunque me empiece a impacientar por la cantidad de gente que se ponía en mi camino para obtener un trago. En la propia fila para el barman, fue que encontré a Rubén, su hijo mayor, quien me había avisado de la triste noticia, antes de invitarme a la fiesta de despedida.

-“Preguntame cómo sería el día que yo me muera”, era parte del recuerdo de aquel dialogo con Carina. Se me venía a la mente de esos mediodías en el café, esas charlas que me hacían repreguntarme todo lo que alguna vez me inculcaron. Recordé también cómo ella vivía al revés del mundo, y le daba unos significados diferentes a las escenas más habituales. Mi cerebro excavó todos esos recuerdos, mientras yo ya sin ella, buscaba cómo romper el hielo y saludar a su hijo, que tenía enfrente de mí en la fila de la barra.

Qué bueno que podamos festejar así”, fue lo único que se me ocurrió en el momento, y poco importó lo mal que sonaba en el contexto, porque inmediatamente me respondió Rubén abrazándome. Fue un contacto fuerte y cariñoso, del tipo que puede darte un borracho, en lugar del de una persona que acababa de perder a su madre. Ni siquiera tuve que mencionar que lo lamentaba o algo que lo consuele, ya que lo notaba de muy buen ánimo.

 Claramente todos los presentes sabían que a Carina no le gustaban los velorios, y odiaba que sean momentos de luto. Ella solo valoraba  la frase que hace referencia a cuando el difunto pasa a una vida mejor. De cierta manera siempre vio así la vida Carina, y entendió a la muerte como una fiesta a la que accede después de vivir plenamente su tiempo. Ella decía eso constantemene, que si se iba a un mejor lugar, tenía que dejar algo bueno en la Tierra, y por eso armó semejante fiesta. Era su forma de agradecimiento, en forma de boliche con DJ, animadores, suvenires y tragos.

“En mi velorio quiero que haya barra libre. Nada de que las personas lloren o se pongan tristes. Yo quiero que festejen y sea un clima de alegría. En todo caso, se pondrán mal cuando termine la joda, pero recordarán mi último deseo”. Mi cabeza tenía muy presente aquel dialogo y lo recordaba tal cual a su histórica frase de aquella tarde. Ahí comprendí de cómo ella trató siempre su vida, y cómo la llenó siempre de disfrute. Y, a su vez, cómo al morir, se despedía por la puerta grande.

 Así estuvimos festejando todo el sábado, sin la necesidad de estar esperando a ningún cura, o alguien que le agrega la parte aburrida a la fiesta de Carina. Ya se habían solucionado todos los temas legales en el día de su entierro, y mi mayor preocupación en esas horas fue en ronda a no saber los pasos de bailes modernos.

 Tengo que destacar que yo le había dado esa idea, de tomarse unos días después de su partida, para que la familia preparara las cuestiones de sepelio y certificados de difusión, antes que el alcohol les evite entrar en razón. Una vez solucionado esos temas serios, y por ahí, con alguna que otra lagrima, se podría limpiar las penas con un poco de baile al llegar ese fin de semana.

 Es más, si lo repaso en mi mente, fueron tantas las expectativas, que se pensaba en contratar algún coordinador de eventos. Yo había sugerido la idea de incorporar un weeding planner para este evento, a falta de un organizador de velorios. En ambos casos, esa persona debía estar a la altura. Quizás entre los apurones lo hayan cancelado para evitar el estrés, pero debo reconocer que la organización que había era mayor a la de cualquier evento que haya visto con meses de anticipación.

 Por otra parte, destaco la creatividad de sus hijos. Hicieron un gran trabajo de decoración del salón con las obras preferidas de mi amiga, incluyendo ese auto retrato que se hizo así misma volando, para colgarlo en medio de la pista. Había props y carteles, materiales para selfies, silbatos, confeti y sonajeros. Nunca ningún homenaje tuvo tanto sentido ni alineó tantos detalles. Hasta se eliminaron de la barra aquellos tragos que pueden producir un pedo triste, y solo se dejó bebidas alegres o de las que se toman en el trencito, como el daiquiri.

Quizás algunos familiares sintieron culpa de subir las fotos a redes sociales con la etiqueta de #VelorioCari, u otros se sintieron mentirosos cuando cancelaron otros eventos para ir a un velorio donde no se pondrían tristes. Quiero creer que también se formaron parejas a partir de esta fiesta, y tendrán una increíble historia para contar de cómo se conocieron. No lo podríamos catalogar como el evento del año, pero sin dudas se le puede decir que así tendremos los mejores recuerdos de ella, no sólo por lo que hizo en vida, sino por cómo se despidió.

Qué buena joda, que lastima que se murió” fue el paradójico comentario que escuché en el lobby del salón, ya cuando me estaba preparándome para ir. ¿Fue malo que se haya muerto o que no haya una segunda fiesta? ¿Tendría que hacer una fiesta pre muerte en vida, así hay otra aún más grande en la muerte? Se nota que tenía su vacío existencial para hacerme estas preguntas retoricas, pero así era una buena forma de honrar su memoria, aquella que siempre se preguntaba sobre lo impuesto, y cómo darle una propia mirada.

 ¿Debería recordarla así? ¿No tendría que haber llevado algo a la familia que afrontó todos los gastos? ¿Tendría que haberme comprado el traje, pensando que quizás tenga otro velorio así? Todas estas preguntas de borracho pasaron por mi cabeza, sino que me dio miles de recuerdos, y motivos para seguir sumando celebrando. Hoy, en cada brunch que hago cuando llego tarde al desayuno, la tengo presente en mis relatos mentales, mientras empiezo a planear mi velorio, no vaya a ser que me agarre sin fiesta preparada.

Julian Torrisi

Julian Torrisi

Licenciado en Comunicación Social, corredor, cinéfilo y me gusta saber todo. Fan de contar historias, la radio, los deportes y el universo DC.

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