Educar el corazón

Educar el corazón
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 En primer lugar, todo educador debe ser consciente de que enseñar no significa transferir conocimiento, sino crear las posibilidades de su producción o su construcción. En este sentido, debemos pensar que nuestra función como profesionales no es hacer que nuestros alumnos piensen como nosotros. Sino que nuestro deber es incentivar a ese pensamiento propio, brindando las herramientas de reflexión, de análisis y de crítica.

 Comenzando con este punto, el profesor no puede ser una persona que se limite a repetir lo que ha estudiado, así como sus estudiantes no pueden sólo copiar y pegar lo que han aprendido. Es más, está en la tarea del educador el poder crear momentos de curiosidad en sus alumnos: momentos donde lo dicho por el docente sea un puntapié, un sitio de disputa o un área de debate.

 Siguiendo esta línea, el educador es el que debe crear este interés en quienes lo escuchan. Es él quien debe motivar la curiosidad de sus alumnos.

Así como no se puede ser docente sin haberse capacitado previamente en su materia, no se puede dar clases sin transmitir emoción, testimonio o entusiasmo en su práctica.

“El ejercicio de la curiosidad convoca a la imaginación, a la intuición, a las emociones, a la capacidad de conjeturar, de comparar, para que participen en la búsqueda del objeto o del hallazgo de su razón de ser” Paulo Freire en Pedagogía de la autonomía.

 

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A veces uno no se imagina lo que puede llegar a representar en la vida de un alumno un simple gesto del profesor. No sólo como fuerza formadora, sino también como contribución al propio educando. Gestos, motivaciones, entusiasmo, pasión por lo que se hace. Cada detalle que el docente incorpore en su práctica, incentivará a que los alumnos no sólo aprendan, sino que puedan sentir esa garra transmitida, más allá del conocimiento en sí.

 Demostrar que confiamos en las distintas capacidades de cada uno de los alumnos, más allá de limitarse a una nota conceptual. Apostar por las habilidades y talentos de cada alumno, y demostrarles que todos son valiosos. La práctica educativa debe ser un testimonio riguroso de decencia y pureza; de creer en el otro y abrazarlo, sabiendo que logrará aquello que se propone.

“Lo que importa, en la formación docente, no es la repetición mecánica del gesto, sino la comprensión del valor de los sentimientos, de las emociones, del deseo, de la inseguridad que debe ser superada por la seguridad, de generar valor”

Más en tiempos de pandemia, el educador debe hacer sus esfuerzos en que todos sus estudiantes puedan motivarse, puedan ver la luz al final del túnel. Como no hay mal que dure para siempre, el docente debe transmitir esa energía para que los alumnos sigan sus motivaciones, y creer en un mañana que los tendrá como protagonistas.

 Y es que la realidad no es algo que no es ajeno, o de lo que somos testigos. Todos nosotros somos protagonistas, y debemos elegir nuestro papel en base a las herramientas de las que disponemos, y a dónde podemos llegar. Nosotros, como educadores, debemos tener presente que podemos cambiar las situaciones con nuestros educados, creyendo en ellos y apostando en sus pasiones.

En síntesis, el educador debe ser ético, reflexivo, curioso y apasionado. Debe entender que el conocimiento no es una simple transferencia, sino que es una creación colectiva, donde todos los actores participan en igual medida. De esta manera, crear entre los integrantes de la clase hará que todos sientan una realidad que no les es ajena, a la que pueden intervenir, cambiar y crear. Es entonces, cuando ellos podrán encontrar su camino, su motivación y sus fortalezas para crear lo que cada uno sueñe.

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Julian Torrisi

Julian Torrisi

Licenciado en Comunicación Social, corredor, cinéfilo y me gusta saber todo. Fan de contar historias, la radio, los deportes y el universo DC.

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